El cielo en los ojos de un lipizzano (Nebo v očesu lipicanca, 2010), de Desa Muck
1
Almira tenía muchos más problemas que los de una adolescente normal. No se podía ni comparar. De hecho, eran tantos que hasta una persona adulta se tumbaría en un ataúd a esperar la muerte antes que plantarles cara. Para esto necesitaría más energía de la que pudiera tener un equipo de fútbol entero bien alimentado y descansado en óptima forma, y Almira apenas tenía energías como para pasar con dificultades de sentarse frente al ordenador a delante del televisor.
—¡Almira! ¡Mira qué vistas más bonitas tenemos! —gritó su madre desde la cocina.
—¡Es verdad! —intentó atraerla su padre—. Aunque me esté dando una paliza con las cajas estas por las escaleras, ahora me alegro de que nos hayan dado el piso en la planta de arriba. ¡Ven al balcón, Almira! Pero mira qué luz. El cielo se ha abierto justo sobre nosotros.
—¡Esto es una buena señal! ¡Ven a verlo!
La voz de su madre sonaba genuinamente alegre. No fingía como de costumbre. En su chiquitita habitación, Almira se tumbó en la cama. Ni por asomo pensaba mirar por la ventana. Fuera no había nada. Fuera no estaba el mundo. Fuera tan solo estaba una tal Lipizza.
2
Aljaž se apresuraba a casa. La luz era tan especial que se quedó parado. Ya desde por la mañana el cielo estaba oscuro y pesado, solo chispeaba por aquí y por allá, como si las nubes sudaran. Justo entonces, cuando ascendía desde el hotel hacia casa, fue como si entre las nubes se abriese una puerta a través de la cual relucía una luz dorada. Directamente sobre la yeguada. Las yeguas estaban con los potros delante del establo principal con los belfos dirigidos hacia la pared, inmóviles, como si rezaran. En realidad, Aljaž ya había sospechado varias veces que eso era justo lo que hacían. La escena, con su luz trémula, parecía irreal. Como las viejas imágenes que les mostraban en la escuela y él no tenía ni idea de por qué lo hacían, pues en el Grado Medio de Carpintería no había chico a quien le interesaran. De pronto, se puso triste. Esto le molestó.
—Todo va genial —se dijo en voz alta.
¡Pronto será verano! Solo un mes más para acabar la escuela.
3
—¿Podrías subir por lo menos la caja con tu ropa? —suplicó su madre.
—¡Estoy cansada! —gimió Almira.
—Tú naciste ya cansada. ¿Se te ha olvidado? —jadeó su padre por la puerta con un pesado paquete de platos y cazuelas.
Su padre era enorme. Siempre que llegaban a algún sitio, temía que no cupiera por la puerta. Cuando iban de visita a su antigua tierra, en el pueblo de su padre siempre había alguna vieja casa con una puerta por la que no se podía meter. Sabía que sus nuevos compañeros de colegio se burlarían cuando lo vieran. Sabía que volvería a doler y estaba empezando a sospechar que dolería mientras estuviera viva. A pesar de que discutía con su padre todo el rato y, de entre todas las personas del mundo, era con él justo con quien más se enfadaba, al pensar en él o mirarlo siempre le entraban ganas de llorar. Qué fastidio, de verdad. Al mirar a su madre eso nunca le pasaba, si bien tenía más razones para ello. Desde la guerra su madre estaba enferma de los nervios y renegaba con la cabeza todo el tiempo. Y sí, también al ver a su madre sus nuevos compañeros de colegio cruzarían sus miradas. Mentirá con que ambos enfermaron gravemente si alguien quiere que vayan al colegio. Quizás no haga falta, porque solo queda un mes para el final del curso.
Los nuevos compañeros probablemente se burlen también de su acento, aunque no tenga ni una pizca, pues pillarán rápido que no es de Eslovenia, aunque viva aquí casi desde su nacimiento. Los niños se percatan de mucho más que los adultos. Resulta que sus padres todavía no saben que fuma, aunque lo lleve haciendo tres años ya, prácticamente desde los trece. Ah, sí, y otra vez todos harán como que no ven que tiene una pierna más corta, aunque se esfuerce mucho en que no se note que cojea un poco. La abuela dice que eso es porque durante la guerra su madre se llevó tantos sustos de muerte cuando aún la llevaba en la tripa, y su padre, que salieron bien parados en comparación con otros, por ejemplo con los que ni siquiera tienen piernas debido a las minas.
¡Cierto! ¿Por qué se han mudado justo ahora? Terminará la escuela primaria en la insignificante Sežana en lugar de en Celje, donde habían vivido los últimos tres años y donde había acabado haciendo una muy buena amiga, y Miha, de la clase de al lado, justo estaba empezando a mirarla como algo más que un armario ropero, y los compañeros ya se la habían llevado con ellos tres veces después de las clases y se había sentado con ellos en el parque o en la pastelería y se había reído de las lamentables coñas (que a ella le parecían geniales) y por fin todo estaba guay y había sido aceptada en el Grado Medio de Educación Infantil y… Y mañana entrará en una nueva clase con una chavalería que está junta ya desde que nacieron y tiene sus propias coñas y su idioma. Y otra vez clavarán sus miradas en ella y otra vez… Y otra… ¿Cómo han podido hacerle esto sus padres? ¡¡¡Justo antes del baile de graduación!!! Vio a su padre de pie bajo el umbral de la puerta, observándola. ¡Sabe Dios cuánto tiempo llevaba parado así!
—Aguanta solo un poco más, Almira… Pronto serán las vacaciones —dijo.
Otra vez había logrado leerle los pensamientos.
4
El mozo de cuadra Miha abrió el cercado y los potros se abalanzaron sobre el prado. El primero en lanzarse sobre él con un rápido galope fue un potrillo totalmente negro. Con las patas estiradas y la cabeza erguida bien alta con su crin erizada miraba alegre si todos lo veían. ¡La estrella había llegado al escenario! La yegua Batosta relinchó sonoramente y dos visitantes domingueros se dijeron:
—Está llamando a su cría. ¿Ves? Está invitando a la cría…
—No, se está riendo de él… pero míralo qué gracioso es…
Y de verdad que se reía. Quince crías había tenido hasta ahora, solo campeones, ¡pero ninguno tan divertido! Tenía veintidós años y sabía que este sería el último. Él corrió hasta ella y ella lo mordió ligeramente en el cuello. El potrillo bufó feliz, pues eso significaba que de verdad lo quería mucho, y, luego, buscó la ubre y suspiró satisfecho. Cuando se sació, acometió contra el resto de los potros, que estaban pegados a sus mamás observándolo solo con curiosidad. «Vale, se van a enterar», se dijo probablemente, y se alzó sobre las patas traseras, se encorvó y saltó con las cuatro patas a la vez como en un rodeo, y, de nuevo, se lanzó en círculos con un galope lento…
—¡Este va a salir bueno! ¿Lo ves? —Miha se giró hacia Aljaž, que justo en ese momento estaba entrando en el cercado—. ¡Va a ser un potro magnífico! ¡Pero mira cuánta energía tiene!
—Sí, ¡Tordo es un crack! —respondió Aljaž, y chascó la lengua hacia el potrillo—. Tordo, Tordo, toma… toma…
—¡No lo llames Tordo! Para que no se acostumbre si lo venden… Es Conversano Batosta.
Conversano por el padre, el corcel más bello en Velbanca, Batosta por la madre.
—Sí, vale… —farfulló Aljaž.
Pero cuando no ande ningún mozo de cuadra cerca, lo llamará Tordo. Ya había oído a otros mozos ponerles nombres cariñosos a los potros; algunos hasta crecían con ellos. Pero una cosa era el resto de los mozos y otra, Miha. Miha era su padre, y si no le dabas la razón, tardabas años en ponerte de acuerdo con él, y en esas si al menos llevaba la razón en apariencia. Pero Aljaž no tenía tiempo para regañar con su padre. Pronto será de noche y él todavía tiene que echar un vistazo al manual de Química. Tiene que terminar la escuela. Por si acaso. El 1 de septiembre se empleará aquí como mozo de cuadra. Si bien su padre piensa que lo hará antes, Aljaž tiene otros planes. Acarició a Tordo, que frotó contra él sus ollares, y se apresuró hacia el bajo bloque que se alzaba sobre una colina en medio de Lipizza. En el balcón de la planta más alta vio a un hombre y una mujer abrazados mirando fijamente a lo lejos. «Espero que no tengan niños pequeños», pensó Aljaž. «Se han mudado justo encima de nuestro piso».
5
Medea estaba sentada en el asiento trasero de un poderoso todoterreno que circulaba con habilidad por las estrechas calles de Sežana.
«Vaya rollo», pensó. Había dejado la escuela justo antes del final del curso y otra vez tendría que empollar durante el verano para los exámemes. Casi todos los años era lo mismo. A veces incluso pasaba ya en marzo. Es que Medea era deportista de élite. Campeona juvenil italiana en salto ecuestre. Bueno, al menos lo había sido. Porque ahora…
—La pubertad ha hecho de las suyas y, además, ha ganado bastante peso. Debería bajar al menos cinco kilos. ¡Al menos cinco! —decía su entrenador, quien ahora clavaba una mirada lúgubre sobre la carretera, más allá del volante.
Pero su madre siempre lo corregía:
—Nada, nada. ¡Diez, más bien!
Medea era una chica completamente normal de diecesiete años, delgada, pero se sintió como una vaca con sus palabras. Aunque es verdad que en el suelo siempre se sentía como si pesase cien kilos. Pero en el caballo… ahí tenía un cuerpo completamente diferente. Su cabeza era como la copa de un árbol, absorbiendo el viento en su interior. Cuando cabalgaba, sus sentidos eran afilados y ya no pertenecía solo a sí misma. Se convertía en parte del caballo. Solo entonces era feliz. Pero ahora la única dicha de la que gozaba en la vida pendía de un hilo. Como llevaba dos años sin ganar o quedar al menos entre los diez primeros, sus patrocinadores la habían abandonado y ya no podía entrenar en famosos clubes europeos.
Por eso la llevaban ahora por esta patética Eslovenia, que, aunque estaba cerca de Italia, le parecía como si estuviese en algún lugar de África, y prefería mil veces estar en Viena u otra vez en Inglaterra. ¡Sí, Inglaterra es genial! Inglaterra es divertida, y aquí van bajo este pesado cielo. Teniendo en cuenta que hasta allí lleva una carretera tan estrecha, la Lipizza esta no puede ser gran cosa.
Vio cómo a su derecha el cielo se abrió y a través de él cayó un exuberante haz de luz dorada. Cuando giraron hacia una alameda, el panorama era de ensueño. En el estrecho corredor luminoso todo parecía como post mortem, pues el paisaje fuera del corredor era de un sombrío de mal agüero, casi negro. Medea cesó en su enojo. Le entró miedo. Por primera vez pensó en quizás dejar este deporte y mejor quedarse en casa como todos los jóvenes normales. Como si temiera que sus pensamientos la despertaran, atisbó con cautela el pelo moreno y liso de su madre, que ni al dormir se alborotaba. Y, entonces, aparcaron frente al hotel Maestoso.
6
Para Almira había terminado el primer día de colegio. No había sido tan horrible como esperaba, aunque tampoco había sido una fiesta. Sus compañeros eran una manada alegre y ruidosa, pero al menos no se habían burlado de ella. Incluso si habían advertido que tenía una pierna más corta, no le habían dado importancia; estaban suficiente ocupados consigo mismos. No es que la hubieran ignorado, pero le dejaron muy claro que, con el colegio a punto de acabar, no pensaban dedicársele mucho. Ya tenían todo planeado para el baile de graduación y tenían más que claro cómo habrían de discurrir sus vidas hasta la muerte. Constató que estos chicos hasta ahora no se habían mudado para nada, por lo que creían que las cosas no cambiaban precisamente mucho. ¡Ya lo verían!
Después de las clases, la invitaron a tomar un helado y, por fin, llovieron las preguntas:
—Eh… Eres de Bosnia… Aquí hay unos cuantos. Nenad, de 9.º C, es de Bosnia, ¿no?… ¿Tenías un año cuando vinisteis aquí? Entonces no te acuerdas de nada… de la guerra… ajá… Los de Nenad vinieron ya antes… Pero hay una tal Anela que está en el primer curso del Grado Medio de Peluquería, ellos vinieron durante la guerra… ¿Adónde vas a ir tú? ¿Todavía no lo sabes? ¡¿Cómo?! ¿Te vas a cambiar? ¿Y adónde? Aquí en Sežana la escuela secundaria está bastante bien, pero también puedes ir a Postojna… Unos cuantos vamos a ir allí…
Almira respondía diligente a las preguntas aunque sentía que en realidad no les interesaba, y cada vez le resultaba más difícil. Cada vez más difícil. Seguramente sea la chica que esté más sola del mundo. No tiene ni un solo amigo. Siempre deja todo tras de sí y no tiene ningún sentido hacer nuevos amigos, porque seguramente volverán a mudarse pronto. Son los tiempos que corren, dicen sombríos sus padres. Pero esta vez desea que se muden cuanto antes. Las vacaciones se acercan peligrosamente. Ya podía oler el vacío del verano. Es que veía el ardiente paisaje cárstico extendiéndose todo a su alrededor hasta el infinito, el tiempo, que se quedaría parado en el sitio como una roca cárstica bajo el pesado sol, y todas esas zarzas y nadie en ningún lado. Almira deseó con todas sus fuerzas simplemente morir. Ya no era capaz de fingir más la alegría con la que estaba actuando delante de sus nuevos compañeros de clase, así que se despidió con rapidez.
—Si te esforzaras, podrías hacer amigos entre los compañeros de clase —le dijo por la tarde su madre—. Os juntaríais durante las vacaciones, iríais a bañaros, por la noche a alguna discoteca…
Almira se marchó de la habitación enfadada. ¿Por qué su madre siempre que abre la boca dice la estupidez más grande posible? ¡Pero, en serio, siempre! Si ya sabe que Almira no es de esas que parlotean con facilidad con otras chicas. Si ya sabe que le resulta tan difícil hablar con quien sea. Si ya sabe que se sonroja y no sabe qué decir. Pero si su madre sabe todo eso, ¡¡¡y sigue soltando sin parar todas esas chorradas!!!
7
«El hotel está bastante bien. De hecho, muy bien. Es posible que no hayamos estado en un hotel tan bueno en los dos últimos años. Y hoy hace sol», pensaba Medea, y ya no tenía ganas de llorar todo el rato. La yeguada también parecía okey. Incluso ejemplar, en comparación con muchas otras que había visto. Es verdad que su madre arrugaba un tanto la nariz, pero ella arrugaba la nariz en todas partes. Tan pronto como abría los ojos por la mañana, empezaba a buscar fallos, como si solo le sirvieran para ese propósito. Pero esta vez estaba sorprendentemente indulgente. Resulta que al lado del hotel había un salón de juegos. Y también un campo de golf. Así que su madre podrá usar todos sus caros vestidos de épocas mejores y flirtear con italianos viejos y ricos. En realidad, hará lo mismo que en casa.
Pero ahora su madre todavía está durmiendo y Medea puede disfrutar de un copioso desayuno en el comedor del hotel. Nadie la conoce, su entrenador aún no está a la vista, pero, de todos modos, miró alrededor miedosa para ver si alguien había visto cuánto se había echado en el plato. A pesar de que ya no va a entrenar más como juvenil, tendrá que vigilar su peso en cualquier caso. De hecho, más, ahora que ya no está creciendo. Cada gramo cuenta, y si quiere recuperar los patrocinadores, la esperan sacrificios bastante duros. Para ella también sería mejor que…
—¡¡¡Medea!!!
Miró hacia arriba, a las enormes gafas negras que su madre llevaba sobre la nariz, si bien estaban en un espacio cerrado y fuera había neblina. Eso significaba que aún no se había puesto el maquillaje ni realizado el resto de trabajos de restauración. La madre que por la mañana se arrastra desde la cama, busca los cigarrillos tambaleante y de cuyos pulmones salen sonidos parecidos a los de un corrimiento de tierra no es la madre que por la noche camina por el salón de juegos con la pelvis ligeramente inclinada hacia delante y el cuello estirado mientras examina como una ametralladora el espacio de persona en persona con unos párpados pesados untados de purpurina. Y tampoco es la madre que, con un equipamiento ecuestre impecable y el pelo recogido con severidad en una coleta bajo el casco, camina por el establo con largas zancadas y exactamente la misma mirada evalúa los caballos y a los hombres presentes y, luego, ambos le comen de la mano. Medea odia a su madre. Desea que en realidad no fuera su madre. Siempre que se le acerca, se queda agarrotada y su cerebro se hace un pegote, como un montón de chicles pegados. Pero, al mismo tiempo, la admira sin fin y lo que más desea en el mundo es llegar a ser exactamente así.
—¡Medea! —continuó cortante su madre—. ¡¿Qué hace esa montaña de comida delante de ti?! ¿No pensarás comerte todo eso?
Medea se sonrojó, enfadada consigo misma por, a sus diecisiete añazos, casi dieciocho, no haber conseguido aprender a mentir o, al menos, encontrar con rapidez una buena excusa. Su madre encargó a la camarera que se llevara todo lo que Medea se había puesto con tanta alegría. Y otra vez logró que la camarera se sintiera culpable por ello.
—¿No irán a tirar todo eso ahora? —pio Medea.
—¡¿Y a ti qué más te da?! —rugió su madre, y se dirigió por un nuevo desayuno.
Por supuesto, Medea sabía que sería igual que siempre: una pieza de fruta, un yogur de leche desnatada, una infusión con una cucharadilla de miel y dos rebanaditas de pan tostado integral. La mayor parte del día tenía tanto hambre que la cabeza le daba vueltas y lo único en que pensaba todo el tiempo era en comida, y cuando se escapaba lo mínimo del control de su madre, trataba de hacerse con ella. Pero su madre la custodiaba como un centinela. De cuando en cuando le registraba la habitación y una vez encontró un paquete de galletas escondido entre las macetas del balcón del hotel. Desde entonces, era todavía más rigurosa. Medea estaba sometida a un control como el de un terrible drogadicto en desintoxicación. Más o menos así también es como se sentía sin comida.
Mientras daba pequeños mordisquitos al pan tostado para que le durara lo máximo posible, se les unió su entrenador. Cuando no estaba dando instrucciones o hablando con ella de equitación, estaba callado. Un húngaro bajito, gruñón, del cual no sabía nada, si bien llevaba trabajando con ella ya seis meses, desde que su madre había echado al anterior, a su querido Fabio, porque no había conquistado ningún trofeo en dos años.
—Tengo malas noticias —dijo en su inglés difícil de comprender. En realidad, los tres más bien lo chapurreaban, pero esta era la única lengua en la que se podían entender—. Romano sigue teniendo las articulaciones inflamadas y su mozo de cuadra ha decidido que no es apto para viajar.
Su madre inspiró aire con fuerza.
—Porca miseria! ¿Y qué hacemos ahora?
Romano era el nuevo caballo que habían comprado justo antes de poner rumbo a Lipizza. El anterior, al que quería con locura, se había marchado con Fabio. Mientras lloraba descontrolada por él, su madre le dijo:
—Ya te he dicho varias veces que no te encariñes con los caballos. ¡Te he dicho cien veces que en la vida no te encariñes con nada ni con nadie! ¡No te encariñes! ¡No te encariñes! ¡No te encariñes! ¡Solo lo pasarás mal!
Como si pudieras remediarlo…
—Mamma mia, y un caballo tan caro… —gimió la madre.
—Seguramente tengamos que tomar prestado un caballo de aquí, al menos hasta que Romano esté sano —dijo el entrenador.
—¡Pero aquí solo hay lipizzanos! ¡¿Sabemos algo acaso de los lipizzanos?!
—Son resistentes, inteligentes y muy apropiados para la doma clásica —enunció de carrerilla el entrenador, y, a continuación, añadió sombrío—: Pero, por lo general, para el salto de obstáculos no lo son.
—¡Entonces lo tomaremos prestado solo para la preparación física! —decidió rápida su madre—. Espero que Romano esté preparado cuanto antes.
Mientras su madre y su entrenador hacían planes sobre su futuro, Medea se quedó agarrotada en su profunda apatía. Si le dijeran que se apartase porque un meteorito iba a caer sobre ella, ni se movería. De un modo u otro, de nuevo acabarán decidiendo otros qué debe hacer. Y quizás decidan que regresan a Italia o a algún otro sitio. De un modo u otro, da igual lo que ella desee y piense. Siempre ha sido así y siempre lo será. Pero si no puede decidir sola ni qué comer. Ni qué vestir ni cómo peinarse. Su madre decidía todo. Su madre sabía qué era lo mejor para ella y Medea pensó que así debía de sentirse una mosca narcotizada en la tela de una araña.
—Aquí tienes dinero, vete a montar en carroza, el entrenador y yo tenemos que debatir —decidió su madre, y Medea se marchó obediente.
Esto había sido inusualmente generoso por parte de su madre.
8
A Aljaž le cancelaron un montón de clases y estaba enfadado por siquiera haber ido a la escuela. Andaba hacia casa cuando una carroza se apresuró grácil hacia el hotel desde la yeguada. Con la cabeza vacía, miró a la chica encogida en un rincón, como si quisiera esconderse. De cuando en cuando se tocaba unas grandes gafas de sol. Observó el largo pelo castaño oscuro recogido en una pesada coleta. Después, se dio la vuelta. Ya no le interesaba. Una bonita escena, pero cotidiana en Lipizza. Vio a su padre guiar por el picadero a un hombre gigantesco que, a causa de su tamaño, parecía una especie de criatura de cuento, y le mostraba cómo recoger el estiércol. Su padre apenas le llegaba a las axilas. Se acordó de que probablemente se tratara del nuevo mozo de establo. El bosnio.
El picadero estaba vacío. Las yeguas y los potros llevaban ya largo rato en los pastos. Esperaba con ganas el momento en que regresaran de vuelta al establo. Entonces le gustaba estar junto a la entrada de turistas. Ya a lo lejos se oían los cascos y, entonces, llegaban… Las preciosas yeguas blancas y grises, con los oscuros potros corriendo tras y junto a ellas. De pronto, no había nada juguetón en ellos. Como si fueran conscientes de la imagen de la que formaban parte. La cuantiosa recua corría orgullosa con un galope armonioso y las cabezas erguidas. Miles de veces había visto ya la escena y miles de veces había clavado sus ojos conmovido y reverente.
9
Delante del hotel había una multitud de niños que había llegado en autobús; probablemente fuera un viaje de fin de curso. Tenían unos diez años y fijaron sus miradas en ella con curiosidad mientras se aupaba a la carroza. Las muchachas se daban codazos:
—Oh, qué guapa es… Seguramente estén rodando una película…
Por supuesto, Medea no sabía esloveno y se sintió miserable sentada sola en la carroza que traqueteaba por el camino de grava. Avergonzada, miraba la espalda del cochero, sentado delante de ella de elegante librea. Le gustaría gritarle que parara y que mejor iría a pie. Pero él no tenía ninguna culpa. Su madre le había pagado, como a todos los que se habían ocupado de ella en algún momento. El interminable rebaño de niñeras, entrenadores, especialistas en nutrición… Lentamente, se relajó y echó un vistazo alrededor. Tan… tan inusual era el paisaje… Como en los viejos libros de cuentos. Estos castaños centenarios, los frondosos pinos, las rocas y las blancas cercas y los caballos blancos todo en derredor… Todo ello era tan romántico que percibió un dolor ligero y dulce bajo las costillas… Cuando se case, traerá aquí a su marido y… Y antes de que tuviera tiempo de desarrollar el sueño sobre un maravilloso marido de dorados rizos que le caían hasta los hombros, un marido con el que cabalgar juntos por estos pastos de ensueño, se reprendió con severidad, como siempre que le atacaban semejantes ensoñaciones.
«No voy a tener marido. ¡¡¡Nunca!!! ¡¡¡Nunca!!! ¡¡¡Nunca!!! Ni siquiera novio. ¡Ningún hombre me tocará, ni siquiera con guantes! Antes me rocío con ácido».
Justo en este momento, el cochero se volvió con una sonrisa amable para hacerle notar un célebre paseo, pero su rostro, desfigurado por el asco y la aversión, lo detuvo.
10
—¿No te gustaría venir conmigo al establo a ver un poquitín los caballos? —preguntó a Almira durante la comida su padre. Obviamente estaba entusiasmado con su nuevo trabajo—. Esto de verdad que no me lo imaginaba —decía mientras engullía raudo como un rayo un muslo de pollo—. ¡Que alguna vez me iba a alegrar trabajar con animales! Los lipizzanos estos son geniales. ¿Sabías que son una raza puramente eslovena, que se desarrollaron justo aquí, en el Carst? Sí. ¡Increíble! ¿Vamos a hacer la ronda por la tarde, después de que haya descansado un poco?
—Ni de coña —rechazó Almira.
Vale que la habían arrastrado hasta aquí, adonde Cristo perdió las alpargatas… pero ni en sueños iba a ver los caballos. No tenía ni idea sobre ellos, ni siquiera le interesaban. De hecho, le daban miedo. Como todos los animales grandes. También le daban miedo las vacas y las cabras, por los cuernos, y las gallinas, porque revoloteaban contra ella, por no hablar de los gallos, tenía miedo de los perros por sus dientes y en este instante no podía recordar ni un solo animal junto al cual no se sintiera incómoda.
—¿No irás a estar encerrada en tu cuarto también aquí en Lipizza? —se horrorizó su madre—. Pero si aquí la naturaleza es tan bonita y el aire, fresco. Podrías hacer algún otro deporte, ya que los caballos no te interesan.
¡¿Algún deporte?! ¡¡¡¿Cómo?!!! ¡¡¡¿Algún deporte?!!! ¡¿Por qué su madre hace todo el rato como que todas las personas del mundo tienen una pierna más corta?!
—A lo mejor te empiezan a interesar cuando los conozcas un poco mejor. Son muy agradables —añadió alentador su padre.
—Los caballos nunca me van a interesar —dijo muy despacio Almira, esforzándose en poner la máxima maldad posible en su voz—. Son feos y estúpidos y perversos. No pondré el pie en ninguna cuadra de mierda de aquí. Mientras esté aquí, nunca. Así que nunca, pero nunca más me digas que vaya contigo, papá.
Su padre y su madre se quedaron pasmados en el asiento con la boca abierta y Almira se levantó y se encaminó con dignidad hasta su habitación. Sabía que su cojera era más manifiesta cuando trataba de andar rápido y con decisión.
—Creo que vas a tener que buscar otra vez un nuevo trabajo. Así no ha detestado ningún lugar al que hayamos ido. Nunca se acostumbrará a Lipizza.
—Pero estar aquí me gusta de verdad —expresó desesperado el padre—. Me han aceptado bien y el piso es correcto.
—¡¿No pensarás ver a tu única hija así de infeliz?! —respondió la madre.
El padre se encogió de hombros y marchó tras Almira. Abrió la puerta de su habitación y se esforzó en que sus palabras sonaran jubilosas:
—Almirita, mañana mismo empiezo a buscar trabajo en alguna ciudad más grande. Este de verdad que no es lugar para una chica joven… Aquí seguro que no encuentras marido… Ja, ja… estoy de broma… —añadió en cuanto sus negros ojos brillaron con desprecio.
Nunca está satisfecha, pensó. Haga lo que haga, no es suficiente. Que su mujer y él no son culpables de la guerra de Bosnia, de que tuvieran que dejar Sarajevo, donde ambos trabajaban como profesores y vivían en un piso realmente bonito, el cual por suerte Almira no recordaba. Si pudiera, daría todo el oro de este mundo a su niñita. Maldita pobreza. Si su mujer consigue trabajo en alguna fábrica en Sežana o Postojna, tal vez todo vaya mejor. Si… Continuamente este si… Además que, de un modo u otro, tendrán que irse a otro lado. Sintió que en esta ocasión le resultaría muy difícil.
11
Para Medea habían comenzado los entrenamientos de preparación física. Sobre lo que estaría pasando con sus compañeros de clase en Bolonia ni siquiera pensaba mucho. Ya tras la primera semana le daba igual el mundo entero. Había recibido un nuevo caballo. Un potro con el nombre oficial de Maestoso Monteaura, al cual había nombrado en su interior Ángel y también lo llamaba así cuando estaban solos.
—Mi Ángel… el más guapo, el más inteligente… mi caballo… eres el mejor… mío… solo mío…
Una vez los pilló su madre.
—¿No te irás a encariñar otra vez? Luego lloriqueas cuando nos vamos a casa y otra vez te atiborras a chucherías a escondidas la noche entera. Además que solo lo tienes para la preparación física, hasta que venga Romano.
¡¿Cómo no se iba a encariñar con él?! Inusualmente tranquilo y paciente para un potro, disfrutaba siendo cepillado y acariciado, tierno, confiado, inteligente, obediente… un ángel, pues. Solo le faltaban las alas. De hecho, no le faltaban, puesto que en cuanto lo azuzaba en el campo, pasaba volando desde un elegante trote a un galope ondeante, estando solos en el mundo mientras planeaban entre los robles y se alzaban alto sobre los arbustos, allá hacia el cielo. En el picadero era disciplinado y no exigía terrones de azúcar a cada paso. Era el mejor caballo que había conocido. Y había conocido muchos. No se separaría de él por nada en el mundo. Nunca. Sencillamente, sin este caballo no podría seguir viviendo y no quería pensar que ocurriría cuando se marchara. Todas las historias de amor a lo Romeo y Julieta le parecían infantiloides, enfermizas invenciones. Al fin y al cabo, la gente no era capaz de amar verdaderamente. No era capaz de ofrecer una lealtad y una entrega verdaderas. De eso eran capaces solo los animales. La gente miente, se aprovecha, te traiciona y abandona cuando más la necesitas. Es egoísta. Toman por sentimientos verdaderos el sacar simple provecho el uno del otro. Patético. De verdad solo pueden amar los animales y los caballos son los que aman con más fuerza de todos.
Medea cepillaba soñadora la preciosa crin blanca de Ángel cuando escuchó a su lado en un italiano excelente:
—Veo que te entiendes realmente bien con Maestoso. Se tranquiliza del todo a tu lado. —Era el mozo de cuadra Miha.
—Un caballo verdaderamente magnífico —respondió—. Una pena que no sea para saltar obstáculos.
—No, no es para los obstáculos. Pero será extraordinario para la doma clásica. Todavía es joven, pero es de una inteligencia excepcional y le gusta trabajar.
Como si eso no lo supiera ella sola. Estaba un poco enfadada con este hombre. Él podría quedarse con Ángel, mientras que ella deberá… No, no, que no… ¡no va a pensar en eso!
Se les acercó un chico aproximadamente de sus años, de pelo claro y alborotado y con unos ojos que, bajo la luz que caía a través del estrecho tragaluz, brillaban con un azul casi excesivo.
—Este es mi hijo Aljaž —lo presentó con orgullo Miha.
Ambos eran bajitos, fornidos y sonrientes; daban una impresión muy sana. Seguro que se ríen de ella, como todos. Solo la toman en serio cuando está sobre el caballo; si no, le muestran abiertamente su desdén. Percibió la mirada de Aljaž y, de repente, se encerró en una celda tan pequeña en su cabeza que ni siquiera podía moverse, mientras por un altavoz resonaba ensordecedora la voz de su madre:
—Pero si ni siquiera sabes andar, Medea. ¡Eres como una apisonadora! Te mueves como una ancianita. ¿Pero no puedes meter para dentro esa tripa de una vez? ¡¿Por qué no miras a la gente a los ojos?! ¡Todos piensan que eres bizca! ¡Y esos pechos tuyos! No sé que vamos a hacer con ellos, ¡pero definitivamente son demasiado grandes para una jinete!
Medea se encogió aun más y se apretó del todo contra Ángel, cepillándole obstinada el anca.
—Pero si ya está lo suficientemente limpio —dijo Aljaž—. ¿Le ayudo a ensillarlo?
En las manos sujetaba un salvadorso. Sin mirarlo, se lo cogió de las manos toda roja ella y lo colocó sobre el caballo.
—¿Traigo también el asiento?
Asintió sombría. ¿Por qué no se marchan? La están mirando como si fuera un cómico callejero. Ensilló el caballo del todo, ajustó los estribos y le introdujo el bocado de un modo un tanto torpe. El animal bufó.
—Todavía no tiene el belfo consolidado, con cuidado… —comenzó Miha.
—No lo he hecho a drede… —rezongó ella, desató el caballo y empezó a guiarlo fuera del establo.
Y Aljaž trotaba tras ella. Horrorizada, constató que trataba de ayudarla a montar. Se volvió hacia él cortante y le bramó:
—Sé yo sola, gracias. ¡Soy jockey y no una patosa turista!
Aljaž dio un paso atrás, sorprendido.
—Bueno… a pesar de ello, podemos ser amables con usted, espero —dijo completamente serio, y la miró con esos ojos grandes suyos.
Azuzó el caballo y todo lo que la angustiaba por fin desapareció. En solo un instante todo desapareció. Por fin estaba con el caballo otra vez a solas en el mundo.
El padre y el hijo se quedaron parados, mirándola alejarse.
—Sabe de caballos, conecta con ellos… —dijo experto Miha—. Dicen que antes era buena saltando obstáculos. Pero ahora… Probablemente no contaran con que creciera tanto… Además que no me parece que sea de esa pasta… Una pena, porque con la gente no se entiende tan bien como con los animales.
—Mmm… —Eso es todo lo que dijo Aljaž.





